Tierra habitada desde hace más de dos mil años, los primeros pobladores íberos ilergetas ya se resguardaban cerca del cerro más emblemático de la villa: el “Vilot”. Fué lugar importante de parada y hospedaje en tiempo de los romanos. Ellos construyeron la vía romana que pasaba por nuestro término y que iba de Tarraco (Tarragona) a Osca (Huesca). De esta época, se puede contemplar en la plaza de la Vila una copia del miliario romano que señalizaba dicha vía construída bajo el mandato del emperador Claudio, a principios del siglo I d. C.; así como parte de otro miliario romano –esta vez el original- en el Centro Cultural de Almacelles.
Fué importante en tiempo de los musulmanes. El Almanzil árabe también se extendía por el Vilot y se hizo un pequeño bastión de defensa en la cumbre, del mismo modo que en Saidía, la actual población de la Saira; de la cual todavía quedan visibles parte de dicha fortificación.
Con la llegada de Ramon Berenguer IV, los musulmanes huyeron (1149) y se repobló con gente venida sobre todo de las comarcas pirenaicas de los Pallars, atraídos por unos privilegios muy interesantes que les concedería Alfonso I a las postrimerías del siglo XII. En 1305 se fija definitivamente la frontera entre ambos territorios, el de Cataluña y el de Aragón, en la Clamor de Almacelles, línea divisoria natural que nos ha llegado hasta los nuestras días, aunque no deja de ser una línea meramente administrativa, ya que en el aspecto cultural o comercial muchos de los habitantes de la conocida como franja oriental aragonesa mantienen bien patentes sus relaciones con el Principado y los catalanes de esta parte con el de Aragón.
La Edad Media -pese a las pestes, hambruna y bandoleros- consolidó la ciudad como un lugar de paso vital, especialmente por formar parte de una cañada real medieval; a la qué acudían anualmente muchos ganaderos a pacer sus rebaños y hacer negocio con las reses en estas llanuras ricas en pastos y grandes pletas.
Esta relativa paz se acabó trágicamente con la Guerra de los Segadores. Almacelles, en ese momento, se hace súbdita de Francia a favor del rey Luís XIII. Al tratarse de una zona fronteriza se convierte en un campo de batalla vital dónde, tras doce años de guerra (1640-1652), lo único que quedará serán las ruinas de la población y la victoria de Felipe IV.
Permanecerá casi un siglo despoblada hasta que un noble y rico comerciante barcelonés, Melcior de Guàrdia y Matas, decidió adquirir estos terrenos al rey Carlos III y refundar una nueva ciudad siguiendo los cánones de la Ilustración, tan en boga en el siglo XVIII. Hacia 1771 los planos de la nueva Almacelles ya estaban terminados, gracias a la maestría del prestigioso arquitecto de la época Josep Mas Dordal.
Poco a poco, el pueblo iba creciendo. Venía gente del Urgell, de las Garrigas y de la Noguera, hasta que otra guerra, la conocida como del Francés o de la Independencia, hizo que Almacelles volviera a depender -esta vez en contra de su voluntad- del imperio francés de Napoleón. Muchos huyeron a Lleida y una vez expulsados los franceses en 1814 y ganada la guerra, volvieron a sus hogares.
El siglo XIX acabó con la llegada del tren a la población (1861), notables mejoras en la ciudad, un considerable aumento demográfico y un deseo que se cumpliría al poco de empezar el siglo XX: la construcción del Canal de Aragón y Cataluña.
En 1910 llegó el agua a la población por este canal y la vida de Almacelles hizo un cambio radical. El riego de todas aquellas extensiones áridas hizo que acudieran centenares y centenares de nuevos labradores que dejaban las penurias en sus lugares de origen y decidían probar suerte en aquel nuevo territorio. Así, se triplicó la población en poco menos de veinte años, y se lograron los tres mil doscientos habitantes hacia los años treinta del siglo XX.
La Guerra Civil española incidió, sin duda, negativamente en este desarrollo iniciado en 1910, pero quizás no tanto como en otras localidades vecinas, progresando a un ritmo superior al esperado y convirtiéndose, hoy por hoy, en la población más importante de la comarca del Segriá, tras la capital Lleida.